PALABRAS CORRECTAS: ¿EXISTEN DE VERDAD?

No hay palabras perfectas para cada ocasión. Sin embargo, sí hay palabras que hay que elegir con conciencia para comunicarse mejor.
¿Cuántas veces te han dicho:
«Tienes que usar las palabras correctas»?
Pero, ¿cuáles son las palabras correctas?
¿Existen de verdad palabras correctas e incorrectas, positivas o negativas?
Me hago esta pregunta desde hace tiempo y, cuanto más lo pienso, más me convenzo de que no existen palabras universalmente correctas o incorrectas, positivas o negativas.
Esto no significa que todas las palabras sean inofensivas.
Está demostrado que los insultos, las ofensas y las palabrotas hieren a quien las recibe y perjudican la relación, incluso cuando se trata de un desahogo verbal temporal. No aportan ningún beneficio, sino todo lo contrario. (También lo mencioné en el artículo dedicado a la invectiva.
Siempre existe la posibilidad de preguntarte:
«¿Cómo puedo decir lo mismo de una forma menos amenazante y más constructiva?»
Recuerda: las palabras pueden acercarte a los demás o alejarte de ellos.
¿Qué camino quieres tomar?
Es cierto que, culturalmente, algunas palabras evocan experiencias desagradables. Piensa en dolor, fracaso, frustración, tensión… Pero a veces estas son precisamente las palabras adecuadas para describir lo que estás viviendo y resultan útiles para una comunicación más auténtica.
La cuestión no es elaborar una lista de palabras prohibidas y eliminarlas de tu vocabulario, sino aprender a elegir las más adecuadas para lo que quieres expresar y conseguir.
Las palabras deben elegirse de forma que sean coherentes con la intención, el contexto, la persona con la que interactúas y el efecto que quieres generar.
A veces no basta con tener buenas intenciones y, a menudo, no es fácil expresar con palabras tus buenas intenciones. Con palabras inadecuadas corres el riesgo de obtener un resultado distinto al que deseas.
Por eso es importante tener en cuenta el contexto, el tipo de relación y, sobre todo, a la persona que tienes delante.

¿Con quién estás interactuando?
Una misma palabra puede tener un efecto diferente según quién la reciba.
No te comunicarás de la misma manera con un niño, con un amigo, con tu pareja, con un compañero de trabajo o con una persona que esté pasando por un momento de especial fragilidad.
Una palabra pensada para animar a alguien podría suponer una presión para otra persona.
Una frase pronunciada para tranquilizar podría percibirse como un intento de restar importancia a lo que la otra persona está viviendo.
Por eso, comunicarse no significa solo elegir las palabras, sino también conocer y escuchar a quien las recibe. Pregúntate:
• ¿Con quién estoy interactuando?
• ¿Qué necesidades tiene la persona con la que hablo?
• ¿En qué contexto me encuentro? Y también
• ¿Qué efecto quiero generar?
No siempre puedes conocer las necesidades del otro, pero puedes escucharle y dejar espacio para el diálogo, en lugar de dar por sentado que sabes qué es lo mejor para él.
¿Qué quieres conseguir?
Un aspecto fundamental que hay que tener en cuenta a la hora de elegir las palabras para que resulten “correctas” es aclarar primero qué es lo que deseas conseguir.
Podrías, entonces, intentar cambiar la pregunta inicial.
En lugar de preguntarte: «¿Cuál es la palabra correcta?»,
podrías preguntarte: «¿Qué quiero conseguir con esta palabra?».
¿Quieres tranquilizar, animar, hacer reflexionar, entablar un diálogo, poner un límite, hacerte escuchar, pedir ayuda, crear cercanía, protegerte…?
Pregúntate: «¿Qué palabras son las adecuadas para mí, aquí y ahora, para lo que quiero comunicar?»
Las respuestas a estas preguntas pueden cambiar por completo las palabras que elijas.
Son preguntas que te devuelven la posibilidad de elegir de forma consciente, en lugar de utilizar de forma automática frases hechas, expresiones heredadas o palabras que repites desde siempre.
Aprende a reconocer tus necesidades y a tener en cuenta las de los demás, teniendo en cuenta las diferentes situaciones.
A veces será conveniente una palabra amable y tranquilizadora; otras veces hará falta una palabra firme, capaz de marcar un límite. En otras circunstancias, necesitarás palabras que te ayuden a ver la realidad con objetividad.
No existe una fórmula válida para todas las situaciones.
¿El “tener que” y el “no” ¿son realmente palabras que hay que evitar?
Quizá hayas oído decir que es mejor evitar el verbo “deber” y la palabra “no”, porque pueden evocar, respectivamente, presión y rechazo.
Pero, ¿estás seguro de que siempre hay que evitarlos?
Puedes usar tranquilamente el verbo “tener que” en frases como:
«Tengo que ser puntual».
«Tengo que acompañar a mi madre a una cita».
En estos casos, el verbo simplemente expresa una responsabilidad o un compromiso.
La situación cambia cuando ese «tengo que» se convierte en una voz interior constante, que alimenta en ti una sensación de presión y obligación:
«Tengo que ser perfecta».
«Siempre tengo que cumplir con mi deber».
Del mismo modo, hay ocasiones en las que decir “sí” es importante, mientras que en otras es fundamental decir “no” para proteger tu tiempo, respetar tus necesidades y establecer límites.
No es que el “tengo que/debo” o el “no” sean incorrectos en sí mismos. Lo que importa es el significado que tienen para ti y el efecto que producen.
Por lo tanto, puedes preguntarte:
«¿Este “tengo que” me ayuda a reconocer una responsabilidad o me hace sentir constantemente bajo presión?»
«¿Este “no” me permite respetar uno de mis límites o me impide escuchar una posibilidad?»
No se trata de sustituir automáticamente una palabra por otra, sino de comprender qué es lo que te estás comunicando a ti mismo y a los demás.

Las palabras adecuadas son aquellas que se ajustan a tu objetivo
Imagina esta situación: una persona ha cometido un error y se siente mal por ello.
Si quieres tranquilizarla y ayudarla a relativizar lo ocurrido, podrías decirle:
«No ha pasado nada grave».
Si, por el contrario, quieres ayudarla a comprender lo que ha pasado y a aprender de la experiencia, podrías decirle:
«Veamos qué ha pasado. ¿Qué podemos aprender de esta experiencia?»
La segunda frase abre un espacio para la reflexión.
Las dos expresiones responden a objetivos diferentes: una busca tranquilizar, la otra invita a comprender y a aprender.
La primera expresión podría percibirse como que minimiza la gravedad del asunto, si la persona siente que ha cometido un error importante.
Por eso es fundamental tener en cuenta no solo lo que quieres decir, sino también lo que la otra persona podría necesitar.
Las palabras más adecuadas son aquellas que responden a tu intención sin perder de vista la realidad y a la persona que tienes delante.
Ten en cuenta que ninguna de las dos expresiones es “correcta” o “incorrecta”, simplemente están orientadas hacia objetivos diferentes.
El poder de las palabras reside también en la precisión
Uno de los aspectos más importantes de la comunicación es la precisión.
Ser preciso significa evitar las generalizaciones (“nunca”, “siempre”, “todos”) y los juicios (etiquetas, estereotipos).
Decir:
«Todo es un desastre»
cuando en realidad solo ha salido mal una cosa, significa utilizar una palabra mucho más grande que la situación.
Decir:
«Esto no ha salido como esperaba»
puede ser más preciso.
No estoy diciendo que todo vaya mal, sino que reconozco que algo no ha salido como deseaba.
La precisión cambia la perspectiva y aumenta la conciencia.
Ser consciente significa encontrar las palabras más adecuadas para contar tu experiencia y comprender lo que puedes hacer.
No se trata de pensar en positivo a toda costa. La palabra no debe elegirse porque sea «positiva», sino porque sea más precisa.
Una vida auténtica no está compuesta solo de alegría, amor, confianza, valentía y gratitud. También hay dolor, ira, decepción, miedo y cansancio.
Todas estas experiencias forman parte de la vida y merecen ser reconocidas; no deben negarse ni enmascararse con palabras bonitas solo para sentirse mejor.
Evita decir:
«¡Todo va bien!»
cuando en tu interior sabes que no es así.
Puedes aprender a describir tu experiencia de forma auténtica sin añadir automáticamente juicios, impotencia o conclusiones catastróficas que minan tu bienestar y te agobian aún más.
Por ejemplo, puedes sustituir un
«¡Estoy destrozado!» — «Estoy hecho pedazos» por
«Ha sido un día realmente agotador». – «Necesito descansar un poco».
Estas últimas frases no niegan el cansancio. Lo reconocen sin convertirlo en una definición general de ti mismo.
Las palabras con las que describes una experiencia pueden influir en la forma en que la interpretas y en las posibilidades que logras vislumbrar.
Si quieres que tu futuro no sea una repetición automática de tu pasado, puedes empezar precisamente por aquí: observando y transformando la forma en que cuentas lo que te sucede.
Si no consigues los resultados deseados, ¡intenta cambiar la narrativa de tu experiencia!
Las palabras como fórmulas mágicas de la conciencia
Una palabra no es una varita mágica che cambia la realidad.
No basta con pronunciar “confianza” para sentirse seguro.
No basta con decir “calma” y “valor” para eliminar la ansiedad y el miedo, pero las palabras te ayudan a cambiar la forma en que interpretas, narras y afrontas lo que te sucede. Te permiten elegir cómo posicionarte dentro de la realidad que vives.
Pueden ayudarte a cambiar de perspectiva, a reconocer nuevas posibilidades y a cuestionar las creencias que has construido con el tiempo.
Aprender a utilizar adecuadamente las palabras también significa conocerte mejor a ti mismo, evolucionar y llevar ese crecimiento tuyo al mundo con el que interactúas.

Una pequeña guía para elegir las “palabras adecuadas”
Antes de pronunciar una palabra importante, intenta hacer una pausa de unos segundos.
A veces basta con una breve pausa para pasar de una reacción automática a una elección consciente.
Aquí tienes cuatro preguntas que pueden ayudarte y abrirte nuevos caminos:
1. ¿Qué quiero comunicar?
¿Cuál es el mensaje esencial que deseo transmitir?
2. ¿Es esta palabra adecuada para el contexto?
¿Es el momento oportuno? ¿Es la forma más comprensible de expresarme? ¿Estoy teniendo en cuenta a la persona que tengo delante?
3. ¿Qué quiero conseguir?
¿Deseo tranquilizar, comprender, animar, poner un límite, encontrar una solución, …?
4. ¿Qué podría provocar en el otro?
¿Podría abrir un diálogo, favorecer el entendimiento o ser percibido como una acusación?
No podemos controlar por completo la reacción de quien nos escucha. Sin embargo, podemos ser más conscientes de las palabras que utilizamos y de la responsabilidad que conlleva su uso.
No existe la palabra perfecta, sino la más adecuada, capaz de describir la realidad sin quitarte posibilidades.

El pequeño diccionario de las palabras conscientes
Te propongo un pequeño ejercicio: crea tu propio diccionario personal de palabras.
No se trata de una lista de palabras necesariamente positivas, sino de una recopilación de expresiones precisas, conscientes, generativas y capaces de abrir nuevas perspectivas.
Aquí tienes algunos ejemplos con los que empezar.
Cuando aparezca … | Intenta sustituirlo por… |
Imposible | Difícil / Por explorar |
Fracaso | Experiencia |
Error | Aprendizaje |
Problema | Situación/cuestión que hay que afrontar, reto |
Tengo que /debo | Elijo / puedo / deseo |
Sì pero | Sì y |
Siempre | A menudo / en este momento |
Nunca | Hasta ahora / todavía no |
No | Sì /Vale, está bien |
No tengo otra opción | ¿Qué posibilidades tengo? |
Es demasiado tarde | ¿Qué más puedo hacer? |
Todos | Algunos |
Atención! Incluso “imposible”, “problema”, “tengo que” y “no” pueden ser las palabras más precisas en determinadas situaciones.
El objetivo no es censurar tu lenguaje, sino ampliar las posibilidades de las que dispones.
¿Qué palabras eliges hacer tuyas? ¿Cuáles, en cambio, te gustaría aprender a utilizar de otra manera?
Puedes añadir otras expresiones a tu vocabulario y probarlas en tu día a día.
Llámalas fórmulas mágicas, cambios de perspectiva o palabras conscientes: lo que importa es que te ayuden a reconocer posibilidades que antes no veías y a elegir cómo actuar.
Así podrás transformar mágicamente la forma en que sientes, piensas, actúas y los resultados que obtienes.
Conclusión: elige las palabras que te abren nuevas posibilidades
No puedes elegir todo lo que ocurre en tu vida. Sin embargo, sí puedes ser más consciente de las palabras que utilizas cada día para comunicarte con los demás y para contarte a ti mismo tus experiencias.
Las palabras no son simples etiquetas que se aplican a la realidad. Son herramientas con las que interpretas lo que ocurre, construyes significados, orientas tu atención y eliges cómo actuar.
El poder de las palabras comienza cuando dejas de usarlas de forma automática y empiezas a elegirlas conscientemente.
Cada día puedes preguntarte qué palabras quieres incorporar a tu vida, cuáles te ayudan a comprender mejor la realidad, cuáles te acompañan hacia la persona en la que deseas convertirte y cuáles multiplican tus posibilidades de crecimiento.
“Las palabras que usas dicen de dónde vienes; las palabras que eliges dicen adónde quieres ir”.
Paolo Borzacchiello





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